Las arrugas a menudo se malinterpretan como imperfecciones superficiales: líneas finas que aparecen con la edad y que pueden suavizarse o borrarse con soluciones tópicas.
Sin embargo, esta perspectiva pasa por alto una realidad biológica más fundamental.
Las arrugas no se crean en la superficie.
Son el resultado visible de cambios estructurales que ocurren debajo de ella.
En el centro de esta transformación se encuentra la densidad dérmica.